Suena tu celular, no identificas el número pero atiendes pues esperas ansioso un llamado por aquel puesto al que has aplicado. Entonces escuchas la voz amable, educada y desconocida que te dice lo que ansiabas escuchar: podrías asistir a una entrevista personal el lunes a las cuatro. Te esfuerzas en ser muy correcto y agradable en tus respuestas, en emplear “por favor” y “gracias” cuando la conversación lo amerite, y luego de coordinar fecha, hora y lugar, saludas formalmente y cuelgas, satisfecho.
Y bien, seré condescendiente: hasta allí vas bien. Es un pequeño tramo el que has recorrido, pero está bien porque quien te llama, -y es probable que sea la persona que te entrevistará- está atento a lo que dices y a cómo lo dices, aunque sea una brevísima conversación telefónica. Es que ese es su punto de partida: ya comienza a evaluarte para la posición. Claro que sus primeras apreciaciones serán sólo eso: apreciaciones; nada definitivo. Pero recuerda que todo lo que el selector escuche, observe, y sienta respecto a ti, será puesto sobre una mesa y valorado cuidadosamente a la hora de decidir si avanzan o no contigo para el puesto en cuestión.
Entonces, dado que una, dos, o tres entrevistas son verdaderamente pocos encuentros para llegar a conocer a alguien, -pero normalmente no tienes muchas más posibilidades que esas- debes estar preparado para no desaprovechar ni un minuto de las mismas.
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